Historia de Pedro (el de Heidi):
Saliendo de su indiferencia prestada, el señor de Fontenay discurrió al tiempo que se atusaba la cabeza, largos párrafos hechos con rueca de hilo fino. Andares quejumbrosos que él achacaba a sus dolores de espalda le obligaron a padecer una postración perpetua en su cama decorada con los más extraños paisajes simbolistas. Una araña le miraba a los ojos en la profundidad de su alcoba, y en sus martirios dejó escapar pensamientos que se escurrieron como volutas de humo por la ventana.
Las volutas volaron un poco sobre prados aburridos, hasta que por fin se hicieron un hueco en el gorro de uno de los críos que pastoreaban ovejas en los alrededores.
Las volutas volaron un poco sobre prados aburridos, hasta que por fin se hicieron un hueco en el gorro de uno de los críos que pastoreaban ovejas en los alrededores.
***
No querría hacer daños a terceros, pero si por un casual mi lengua arrebujada en el paladar quisiera desatarse no me taparía la boca con la mano ni ningún otro objeto opaco.
Si por un casual señores vestidos de incienso bailaran a la luz de velas huecas en mi tafetán, no les destronaría con ningún canto descafeinado. Si unas ruinas color granate broncíneo abrieran sus huecos al canto de ropas viejas, usadas y recién limpias en el aire de lluvia, no intentaría detenerlas. Ni si quiera dejaría correr riachuelos para poder llenar un embalse lo suficientemente grande como para provocar un tsunami cuando abriera las compuertas. No. Desde luego no haría nada parecido. Ni impregnaría de moco dorado viejas estatuas para que no pudieran moverse de puro pegajoso, ni rasparía anaqueles tiznados de grafito, ni alumbraría ninguna estancia. Ni escupiría fuego para encender velas cortas y gastadas, cubiertas de cera derretida. Sobre todo no haría esto último porque me gusta el color de la cera quemada y estática. No carbonizaría calendarios que enumeraran posibles buenas acciones y demás despropósitos, ni incendiaría iglesias de madera para reafirmarme en alguna creencia arcana, que no pudiera cantar con una lengua de trapo. Tampoco rasgaría cuerdas vocales con una tijera en cada mano, ni planificaría ningún crimen predecible. Ni ahorcaría al mejor de los humanos en un aquelarre siempre vivo. Ni ahuyentaría a la luna con cantos fanáticos henchido de drogas turbias. Ni torrente, ni castillo. Ni anaqueles de mentira, ni preguntas baratas sin sentido. Nada de eso, sino todo lo contrario.
Escucha.
El samovar cargado de orina.
Remuévelo con un palo. Cómo sube el aroma a pis recalentado, que una vez estuvo caliente en viejas vejigas arañadas por la cirrosis. Mira las velas, cómo se apagan ellas solitas. Sin viento, sin brisa. Ni si quiera un estornudo purificador. Joder.
No hay comentarios:
Publicar un comentario