miércoles, 19 de febrero de 2014

Fragmento Pez Oriental

Os pongo lo que leí la otra noche, la voz del capitán y entre medias la voz de la chica
(resumiendo: el capitán está tranquilo en casa de la amante y la chica está embarcada en un viaje psicodélico y peligroso):


Subo. Espero en el marco de tu puerta. Esa puerta de madera que me señala, que me enmarca y tú pintando el resto del cuadro, ahí parada, de pie en medio de la salita. Me devuelves la mirada y te giras. Llevas un camisón negro de encaje que coge un poco de vuelo cuando giras y te inclinas sobre la barra americana que hace las veces de mesa de desayuno. Apoyas todo tu cuerpo en la barra para poder alcanzar algo que escondes detrás. Más que apoyar dejas que tu cuerpo abarque la barra, y ésta se mece con libertad mientras tú te estiras y alcanzas algo de detrás de la barra. No logro ver bien qué es. Entro y cierro la puerta, detrás. Me acerco y veo lo que tienes en la mano izquierda. Es el mando de la tele. Eres zurda. Te dejas hundir en el sofá, como si yo no estuviera, y pones la tele. Es sangre en el lavabo lo que están echando. Una película donde aparece mucha sangre en un servicio de carretera, que se cuela por el desagüe. Tú no sabes qué película es, pero no cambias de canal. Son las seis de la mañana. A esta misma hora una familia se va de vacaciones a la costa, y se prepara para salir temprano. Mientras los padres se arreglan en su habitación y terminan de hacer las maletas el hijo aburrido pone la tele, con la maleta hecha porque no se ha lavado los dientes y su cepillo lleva en el bolsillo exterior de su mochila toda la noche, no como sus padres que tienen que embutir el neceser en la maleta, con dos cepillos dentro, uno rojo y otro rosa. Colores parecidos pero ellos no se confunden. O si se confunden da lo mismo. El niño pone la tele y el canal que aparece es el mismo que has elegido tú para interrogarme. 

Y el niño mira fijamente las farolas encendidas a través de las ventanillas del coche algo empañadas por el vaho mañanero, pensando en toda la sangre que se traga el fregadero.

Te miro como un payaso, de pie en medio de la sala. Me cuesta abrir los ojos en este ambiente seco, los debo tener rojos, microvenas marcadas. Me cuesta mirarte, me escuece. Mirarte sin más, ahí plantado, como un bufón que madruga en su primer día de trabajo. Y me tambaleo pero sé que no puedo, así que busco un cigarro quemado en mi chaqueta para disimular. No puedo dejarme ver del todo delante de ti. Éste es mi cuerpo, yo soy otro. Tú miras la sangre que se cuela. Un fregadero convencional, no como el tuyo lleno de velas y una barrita de incienso mojada. Te gusta bañarte. A mí me gusta ver como cruzas tus piernas de tacón fino. Oir como cruzas tus piernas de tacón fino. Inventarme sabores. Inventarme vello imperceptible, hipersensible que al rozar te provoque quemaduras.

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Vuelvo como puedo. Arrastrándome, bailando, gimoteando. Estar despierta en este momento del día, demasiado tarde para dormir pero demasiado pronto para estar despierta siempre me ha trastocado un poco. Balbuceo, dejo correr un hilillo de baba pero me retracto porque sería demasiado asqueroso y voy hacia la gente, no quiero que me vean así. Pero dejo caer los brazos, sueltos, y camino como si mi cuerpo pesara dos toneladas, con las piernas dobladas en ángulo casi recto (no es recto del todo porque si no me caería al suelo), dando bandazos en el aire con los brazos, dejándome llevar por la inercia del movimiento libre y puro. Estoy en un peñasco de tierra y camino entre el polvo y la paja seca hacia el polígono de naves abandonadas. Hay espigas que se me quedan en los calcetines y me pican los tobillos pero me dan un poco igual. Espigas al sol. Son los calcetines del capitán, los de invierno, y me quedan grandes, rebosan de los zapatos, pero me da un poco igual. Bajo hasta la calle. El polvo va borrando el asfalto, formando una capa fina donde puedo escribir mi nombre como en los cristales de los coches sucios donde muchas veces se puede leer “lávame, guarro”, pero no lo hago. En vez de eso dibujo líneas continuas. En vez de pisadas líneas sin cortes porque arrastro los pies cuando llego al asfalto arrastro los pies aunque el sonido de la arenilla me taladre los oidos. Arrastro los pies porque el sonido me despierta como despierta una taza de café mañanero al ciudadano medio.

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Tienes un libro de poesía en la mesa de cristal verde. Tienes un libro y una revista de plástico al lado, con información detallada sobre los programas que echan durante la semana que entra. Has empezado el crucigrama pero no tienes paciencia para terminarlo. Has ojeado el libro pero no tienes paciencia para terminarlo. Algunas anotaciones en los bordes, mezcladas con dibujos. Te gusta hacer bocetos. Quizás has empezado uno mío pero seguramente no lo hayas terminado porque se parecía más a una caricatura que a un boceto. Y a ti no te gustan las caricaturas.

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El tipo de la puerta sigue ahí sentado y unos chicos hablan con él...

7 comentarios:

  1. Está muy guapo el texto. Me gusta sobre todo como despistas pasando de una descripción a otra, perdiéndote en detalles aparentemente banales pero que en realidad están dando una información más precisa, porque sobre todo nos transmiten el carácter y el estado de animo del narrador. Humaniza al protagonista, y es fácil identificarse con el. De una manera subliminal parece que estamos comprando a la chica y toda la parafernalia que le rodea cuando en realidad nos esta vendiendo al narrador y eso tiene mucho merito y lo hace muy sugerente y hace muy atractiva la narración.

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  2. Gracias tio, me parece curioso que digas leso de que la chica al final te vende al narrador porque realmente la chica en la última parte anda jugueteando constantemente conmigo, metido en la novela. Me he intentado hacer un relato un poco meta pero sin dejarlo muy obvio porque tampoco es lo que quería (además que está ya muy trillado el asunto), la idea es que los personajes no pueden hablar entre sí y que está la figura del narrador por ahí rondándoles. Todo esto sin mucha carga metafísica y más como ejercicio creativo.

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  3. yo sigo disfrutando con "pez oriental" aunque no tengo mucho tiempo, no se si me tendrás que renovar el préstamo antes de nuestra próxima tertulia Miguel Angel. Me gusta el estilo, también el fondo.

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  4. El segundo párrafo es el que más me gusta. Se podría de calificar de Albada. No en el sentido católico pacato del que ronda a la prometida en la noche de bodas, si no la canta una oda a la amada al regresar al amanecer a casa. En este caso es ella la que vuelve, como puede, aunque no sepamos de dónde... pero me interesa ese momento que todos hemos vivido y visto en otros, y la intriga de saber de dónde viene... dónde ha sido la batalla...

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