Recuerdo cuando blanda la morfina enraizaba mi cuerpo en esos fastuosos jardines de antaño, me descubro a mi mismo paseando por lugares que nunca podría llegar a concebir sin la ayuda de la aguja, tremendos paisajes a los que ahora me remito, en un habitáculo con mucha luz pero sin misterio, porque ya no tengo esa nieve que me ayuda en mis viajes de descenso, en los calores recorriendo venas y nervios, en las cavidades de un mundo desconocido, cuya ciudad subterránea me enorgullezco de descubrir y dar a luz, de regar con mis aullidos informadores de versos extraños y nuevos, que cantan las frágiles caricaturas de los objetos emergentes, que no son para nosotros, que no son para la niebla, que no son para este extraño vaho que nos rodea verde y leguminoso, espeso, infranqueable, en el que me es difícil respirar, del que sé que ya no podré salir, como no salieron mis predecesores, tantos y tan confiados a un único destino, como las paralelas que inevitablemente se cruzan en el infinito, un horizonte vacío, hueco, transparente a toda ambición distinta del cigarrillo después del pinchazo, al desplome en colchones de algodón o colchones de paja o colchones meados o colchones de madera o colchones de tierra. Si la tierra mezclada con agua que da barro te humedece el pelo, procura imaginarte una diosa enjabonándote los cabellos con mirada provocadora y manos pacientes y delicadas, que saben que pueden acabar pronto, o que pueden estar ahí toda la tarde, sin esperar nada a cambio, sin recibir nada, sin pretensión, sin músculo, sin nervio, puro vaho.
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ResponderEliminarPor fin algo coherente. ¿Por qué dejáis lo mejor para el puñetero Internet? ¿Es que no os fiáis de los lectores del papel de toda la vida?
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