domingo, 22 de junio de 2014

Supongo que lo que menos se esperan los demás de uno sea la solidez de una habitación, un cuarto sesudo con aires de propio en el que macerar la iniciativa del fracaso, la conversión a la normalidad,  que seas el esteta del futuro que te envuelve en un aire de ingravidez, inalcanzable, perfecto, sobrio, sin fisuras, conversación de siglos con las ideas bien flanqueadas. Mucha cultura mucho blablabla. Mucha mueca soberbia en tugurios de fracasados. Yo persigo la idea pero a veces veo fisuras y me quemo los ojos:
Estaba el otro día con mi colega abrasando dogmas y viejas creencias cuando se me ocurrió la tontería y no supe volverme atrás, nunca me despisto pero esta vez apareció la idea sórdida, obscena, de la que siempre nos reímos para que pase inadvertida, un si te he visto no me acuerdo, no vuelvas nunca y cuando vuelvas verás nuestros pañuelos agitarse en señal de despedida y carcajadas transmitiendo indiferencia.
Nos comíamos unos cacahuetes sentados en la terraza de un bar, unas cervezas para pasar el trago abrasando dogmas y viejas creencias, y la risa no aparecía por ninguna parte, aunque la conversación se rodeara de ideas bastante huecas con pinta de gigante. Discutíamos y recitábamos las viejas parábolas que parecen mágicas, pero nuestros ojos, las miradas que nos echábamos no mentían. No había lugar para la risa, solo la congoja, la congoja sola. Cada sentencia parecía más hueca que la anterior, y ya nos estábamos quedando sin repertorio. No había lugar para refugiarnos en los cacahuetes o la cerveza, todo estaba pareciendo un sinsentido, nuestras miradas también cada vez más huecas y no quedaba otra salida que agarrarse a algún objeto obtuso, porque la risa no aparecía por ninguna parte. Sin embargo los objetos que nos rodeaban no nos reconfortaban demasiado, ya se sabe: mesas, sillas, botellín y cuenco de frutos secos. Todo cada vez más vacío y absurdo, con visos de llegar al final tremendo: o nos despiezamos allí mismo como pollos a punto de participar en un asado, o nos llevamos las manos a la cabeza para atusarnos los cabellos y a casa, sin necesidad de continuar lo que se sabe a ciencia cierta cómo va a acabar: mal, muy mal.
Yo me desesperaba por un pendiente, un frasco de cristal grueso, una baldosa con relieve de cara o alguna otra quimera. Ya estaba a punto del fracaso cuando lo encontré. Aquello que apuntalaría las revelaciones fracturadas, esas que nos rodeaban y no nos dejarían dormir aquella noche. Aquello que por fin daría un sentido a nuestra existencia allí, sentados en el café con dos botellines a medias y el cuenco de cacahuetes vacío. Lo tenía enfrente de las narices, como siempre pasa. El papel sentenciador, la frase repleta de variaciones y significados; pero poco importan estos porque basta su presencia, su carácter de rótulo final, de solución última, de paz, de paz en definitiva, de gracias señor por todos los dones que nos has prestado, los hemos empleado bien, trabajos bien hecho, el tiempo del descanso va a llegar, gracias por tu luz, reverencias y súplicas, ahora podremos dormir a gusto, gracias en fin.



CAÑA  2 x………………….. 3,60

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